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Editorial

Florencia Santucho

Directora

Llegamos a la 8. edición del FINCA en un contexto global en el que se viene naturalizando todo tipo de violencia, genocidio y despojo de tierra, cultura y derechos.

 

Los territorios están de remate, también la dignidad de much@s. Mientras, los algoritmos alimentan el individualismo imperante y nos quieren cómplices pasivos, capaces de pasar de una tragedia a otra con un simple gesto del dedo, sin siquiera pestañear.

 

Elegimos como enfoque el Derecho a la Tierra, no solamente por la disputa por la propiedad o el uso del suelo, sino como pregunta: qué es la tierra y qué somos en relación con ella. «Somos gente de la tierra», dicen los mapuches, no sus dueños. La tierra no tiene dueño. Este año, con la sabiduría ancestral indígena y campesina como guía, elegimos como lema Sembremos futuro, convencidos de que sin agua no hay vida, y sin tierra no hay libertad.

 

Esta mirada no elude los números que sostienen la desigualdad: en Argentina, el 3 % de los productores concentra el 40 % de la tierra. En el ámbito rural, el neoextractivismo, los agronegocios y el uso depredador de los recursos naturales generan graves conflictos territoriales que afectan especialmente a les más vulnerables.

 

La desigualdad territorial es, siempre, desigualdad política. El alimento que produce la tierra no puede seguir pensándose como un negocio: es un derecho. Sostenerlo exige una decisión colectiva. La ciudad, el campo, el río, el suelo y el cuerpo forman parte de una misma trama de la vida: todo está interconectado.

 

Frente a este panorama, elegimos no renunciar a la esperanza. Hay un despertar que va más allá de la identidad: nuevas generaciones que resignifican el volver a la tierra y a la lengua. Estamos viviendo un cambio de era.

 

Y el cine, una vez más, nos permite trazar nuevos horizontes e imaginarios posibles también frente a escenarios distópicos.
Ninguna transformación depende de una sola voz, sino de la comunidad. Reconocer la diversidad —de género, cultura, origen y formas de habitar la tierra— fortalece ese tejido común. Cada persona puede aportar, como cada grano del maíz que acompaña la imagen de esta edición, eligiendo qué consume, qué defiende, qué escucha y qué mira. No hace falta ser productor, activista o especialista: alcanza con dejar de mirar la tierra desde afuera y reconocerse parte de ella.

 

¿Y vos, qué grano de maíz vas a sumar a esta trama?

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